miércoles, 6 de abril de 2011

Peter Pan (VIII)

con la colaboración de www.atma-psicologia.com
J.M. Barrie


8. La laguna de las sirenas

Si uno cierra los ojos y tiene suerte, puede ver a veces un charco informe de preciosos colores pálidos flotando en la oscuridad; entonces, si se aprietan aún más los ojos, el charco empieza a cobrar forma y los colores se hacen tan vívidos que con otro apretón estallarán en llamas. Pero justo antes de que estallen en llamas se ve la laguna. Esto es lo más cerca que se puede llegar en el mundo real, un momento glorioso; si pudiera haber dos momentos se podría ver el oleaje y oír a las sirenas cantar.

Los niños solían pasar largos días de verano en esta laguna, nadando o flotando casi todo el rato, jugando a los juegos de las sirenas en el agua y cosas así. No debéis creer por esto que las sirenas tenían buena relación con ellos: por el contrario, uno de los pesares más duraderos de Wendy era que en todo el tiempo que estuvo en la isla jamás logró que alguna de ellas le dirigiera ni una sola palabra cortés. Cuando se acercaba sigilosamente hasta la orilla de la laguna podía llegar a verlas a montones, especialmente en la Roca de los Abandonados, donde les encantaba tomar el sol, peinándose con gestos lánguidos que la fastidiaban mucho; o incluso llegaba a nadar, de puntillas como si dijéramos, hasta ponerse a una yarda de ellas, pero entonces la veían y se zambullían, probablemente salpicándola con la cola, no por accidente, sino con toda intención.

Trataban a todos los chicos de la misma forma, menos a Peter, claro está, que se pasaba horas charlando con ellas en la Roca de los Abandonados y se sentaba en sus colas cuando se ponían descaradas. Le dio a Wendy uno de sus peines.

El momento más hechizador para verlas es cuando cambia la luna; entonces sueltan unos extraños gritos lastimeros, pero la laguna es peligrosa en esas circunstancias para los mortales y hasta la noche que vamos a relatar ahora, Wendy no la había visto nunca a la luz de la luna, no tanto por miedo, ya que por supuesto Peter la habría acompañado, como porque había instaurado la norma estricta de que todo el mundo estuviera en la cama a las siete. Sin embargo, iba con frecuencia a la laguna en los días soleados después de llover, cuando las sirenas emergen en enormes cantidades para jugar con burbujas. Emplean como pelotas las burbujas multicolores hechas con agua del arco iris, pasándoselas alegremente las unas a las otras con la cola y tratando de mantenerlas en el arco iris hasta que estallan. Las porterías están a cada extremo del arco iris y a las porteras sólo se les permite usar las manos. A veces hay cientos de sirenas jugando en la laguna a la vez y es un espectáculo muy bonito.

Pero en el momento en que los niños intentaban participar tenían que jugar solos, pues las sirenas desaparecían inmediatamente. No obstante, tenemos pruebas de que observaban secretamente a los intrusos y eran capaces de tomar alguna idea de ellos, porque John introdujo una forma nueva de golpear la burbuja, con la cabeza en lugar de la mano y las porteras sirenas la adoptaron. Ésta es la única huella que John ha dejado en el País de Nunca jamás.

También tiene que haber sido muy bonito ver a los niños reposando en una roca durante media hora después del almuerzo. Wendy se empeñaba en que lo hicieran y tenía que ser un reposo auténtico aunque la comida fuera ficticia. De forma que se tumbaban al sol, que hacía relucir sus cuerpos, mientras ella se sentaba a su lado con aire de importancia.

Era un día de este tipo y estaban todos en la Roca de los Abandonados. La roca no era mucho mayor que su gran cama, pero naturalmente todos sabían ocupar poco espacio y estaban dormitando, o por lo menos estaban echados con los ojos cerrados y se tiraban pellizcos cuando creían que Wendy no miraba. Estaba muy ocupada, cosiendo.

Mientras cosía se produjo un cambio en la laguna. Unos pequeños temblores la recorrieron, el sol se escondió y las sombras se extendieron sobre el agua, enfriándola. Wendy ya no tenía luz suficiente para enhebrar la aguja y al levantar la vista, la laguna, que hasta entonces siempre había sido un lugar tan alegre, tenía un aire formidable y amenazador.

Sabía que no se había hecho de noche, pero había llegado algo tan oscuro como la noche. No, peor que eso. No había llegado, sino que había enviado ese estremecimiento por el mar para anunciar que estaba llegando. ¿Qué era?

La invadieron todas las historias que le habían contado sobre la Roca de los Abandonados, llamada así porque los capitanes malvados abandonan a los marineros en ella y los dejan allí para que se ahoguen. Se ahogan cuando sube la marea, porque entonces queda sumergida.

Como es lógico, tendría que haber despertado a los chicos al momento, no sólo por aquella cosa desconocida que avanzaba acechante hacia ellos, sino porque ya no era bueno que durmieran en una roca que se había puesto fría. Pero era una madre inexperta y no lo sabía: creía que simplemente había que atenerse a la norma de media hora de reposo después del almuerzo. Por eso, aunque el miedo la atenazaba y deseaba oír voces masculinas, no quiso despertarlos. Ni siquiera cuando oyó el ruido de remos envueltos en tela, aunque tenía el corazón en la boca, los despertó. Montó guardia para que echaran la siesta completa. ¿No fue Wendy muy valiente?

Fue una suerte para aquellos chicos que hubiera uno entre ellos que podía oler el peligro incluso estando dormido. Peter se irguió de un salto, tan despierto al instante como un sabueso y con un grito de advertencia despertó a los demás. Se quedó inmóvil, con una mano en la oreja.

-¡Piratas! -exclamó. Los otros se acercaron más a él. Una sonrisa extraña le bailaba en la cara y Wendy la vio y se estremeció. Mientras sonreía de esta manera nadie se atrevía a hablarle, lo único que podían hacer era estar preparados para obedecer. Dio la orden brusca y tajantemente:

-¡Al agua!

Hubo un destello de piernas y al instante la laguna pareció desierta. La Roca de los Abandonados se alzaba sola en las lúgubres aguas, como si ella misma estuviera abandonada.

La barca se acercó. Era el bote pirata, con tres figuras dentro, Smee, Starkey y la tercera una cautiva, nada más y nada menos que Tigridia. Iba atada de pies y manos y conocía el destino que le esperaba. La iban a dejar en la roca para que pereciera, un fin que para los de su raza era más horrible que morir en la hoguera o bajo tortura, pues ¿acaso no está escrito en el libro de la tribu que no hay un sendero en el agua que lleve al paraíso de los cazadores? Sin embargo, tenía una expresión impasible: era hija de un jefe, debía morir como la hija de un jefe y con eso bastaba.

La habían atrapado abordando el barco pirata con un cuchillo en la boca. En el barco no se hacía guardia, pues Garfio se jactaba de que la fama de su nombre bastaba para proteger el barco en una milla a la redonda. Ahora el destino de ella también contribuiría a protegerlo. Un quejido más aumentaría su fama esa noche.

En la penumbra que traían consigo los dos piratas no vieron la roca hasta que chocaron con ella.

-Orza, palurdo -exclamó una voz irlandesa que era la de Smee-, aquí está la roca. Ahora, lo que tenemos que hacer es izar a la india hasta allí arriba y dejarla ahí para que se ahogue.

No tardaron ni un momento en depositar brutalmente a la hermosa muchacha en la roca: era demasiado orgullosa para oponer una resistencia inútil.

Muy cerca de la roca, pero sin que se vieran, flotaban dos cabezas, la de Peter y la de Wendy, siguiendo el vaivén de las olas. Wendy estaba llorando, pues era la primera tragedia que veía. Peter había visto muchas tragedias, pero se le habían olvidado todas. No sentía tanta pena por Tigridia como Wendy, lo que lo enfurecía era que eran dos contra uno y tenía intención de salvarla. Lo fácil habría sido esperar a que los piratas se hubieran ido, pero él nunca optaba por lo fácil.

No había prácticamente nada que no supiera hacer y ahora imitó la voz de Garfio.

-Eh vosotros, matalotes -gritó. Era una imitación maravillosa.

-El capitán -dijeron los piratas, mirándose el uno al otro sorprendidos.

-Debe de estar nadando hacia nosotros -dijo Starkey, después de buscarlo en vano.

-Estamos colocando a la india en la roca -gritó Smee. -Soltadla -fue la asombrosa respuesta.

-¡Soltadla!

-Sí, cortadle las ataduras y que se vaya.

-Pero, capitán...

-Ahora mismo, me oís -gritó Peter-, u os clavo el garfio.

-Qué raro -dijo Smee entrecortadamente.

-Será mejor que hagamos lo que ordena el capitán -dijo Starkey nervioso.

-Sí -dijo Smee y cortó las ligaduras de Tigridia. Inmediatamente ésta se deslizó como una anguila entre las piernas de Starkey y se zambulló en el agua.

Naturalmente Wendy estaba encantada por la inteligencia de Peter, pero sabía que también él estaría encantado y que era muy probable que se pusiera a graznar y se traicionara de ese modo, por lo que al instante alargó la mano para taparle la boca. Pero no llegó a hacerlo, porque por toda la laguna resonó «¡Ah del bote!» con la voz de Garfio y esta vez no era Peter quien había hablado.

Puede que Peter hubiera estado a punto de graznar, pero en cambio su cara se transformó como para dar un silbido de sorpresa.

-¡Ah del bote! -volvió a oírse.

Entonces Wendy comprendió. El auténtico Garfio estaba también en el agua.

Iba nadando hacia el bote y como sus hombres sacaron un farol para guiarlo pronto llegó hasta ellos. A la luz del farol Wendy vio cómo su garfio aferraba la borda del bote, vio su malvada cara morena al alzarse del agua chorreando y, estremeciéndose, habría querido alejarse nadando, pero Peter no se movía. Estaba vibrante de energía y además hinchado de vanidad.

-¿A que soy genial? ¡Ah, pero qué genial soy! -le susurró y aunque ella también lo creía, se alegraba mucho por su reputación de que nadie lo oyera excepto ella.

Él le hizo señas de que escuchara.

Los dos piratas tenían mucha curiosidad por saber qué había traído a su capitán hasta ellos, pero él se quedó sentado con la cabeza apoyada en el garfio en un gesto de profundo abatimiento.

-Capitán, ¿ocurre algo? -preguntaron tímidamente, pero él contestó con un quejido sepulcral.

-Suspira -dijo Smee.

-Vuelve a suspirar -dijo Starkey.

-Y suspira por tercera vez -dijo Smee.

-¿Qué pasa, capitán?

Entonces habló por fin con vehemencia.

-Se acabó el juego -exclamó-, esos chicos han encontrado una madre.

Asustada como estaba, Wendy se llenó de orgullo.

-Oh, día fatídico -soltó Starkey.

-¿Qué es una madre? -preguntó el ignorante de Smee. Wendy se quedó tan pasmada que exclamó:

-¡No lo sabe!

Y a partir de entonces siempre le pareció que si se pudiera tener un pirata mascota Smee sería el suyo.

Peter la sumergió en el agua, porque Garfio se había levantado, gritando:

-¿Qué ha sido eso?

-Yo no he oído nada -dijo Starkey, levantando el farol por encima de las aguas y mientras los piratas miraban contemplaron una extraña visión. Era el nido del que os he hablado, que flotaba en la laguna y el ave de Nunca Jamás estaba posada en él.

-Mirad -dijo Garfio contestando a la pregunta de Smee-, eso es una madre. ¡Qué lección! El nido debe de haber caído al agua, ¿pero abandonaría la madre los huevos? No.

Se le quebró la voz, como si por un momento recordara tiempos inocentes en que... pero apartó esta debilidad con el garfio.

Smee, muy impresionado, contempló al ave mientras el nido pasaba con la corriente, pero Starkey, más suspicaz, dijo:

-Si es una madre, a lo mejor está por aquí para ayudar a Peter.

Garfio hizo una mueca.

-Sí -dijo-, ése es el temor que me atormenta.

La voz agitada de Smee lo sacó de su abatimiento.

-Capitán -dijo Smee-, ¿no podríamos raptar a la madre de esos chicos y convertirla en nuestra madre?

-Es un plan estupendo -gritó Garfio y al momento cobró forma factible en su gran cerebro-. Atraparemos a los niños y los llevaremos al barco: a los chicos los pasaremos por la plancha y Wendy será nuestra madre.

Wendy volvió a perder el control.

-¡Jamás! -gritó y se sumergió.

-¿Qué ha sido eso?

Pero no vieron nada. Pensaron que no había sido más que una hoja movida por el viento.

-¿Estáis de acuerdo, muchachotes míos? -preguntó Garfio.

-Aquí está mi mano -dijeron los dos.

-Y aquí está mi garfio. Juremos.

Todos juraron. Para entonces ya estaban en la roca y de pronto Garfio se acordó de Tigridia.

-¿Dónde está la india? -preguntó bruscamente.

A veces tenía ganas de broma y creyeron que ésta era una de esas veces.

-No pasa nada, capitán -contestó Smee complacido-, la hemos soltado.

-¡Que la habéis soltado! -exclamó Garfio.

-Ésas fueron sus órdenes -titubeó el contramaestre.

-Usted nos llamó desde el agua para que la soltáramos -dijo Starkey.

-Por todos los demonios -vociferó Garfio-, ¿que traición es ésta?

Se le puso la cara negra de rabia, pero se dio cuenta de que estaban convencidos de lo que decían y se sintió alarmado.

-Muchachos -dijo, algo tembloroso-, yo no he dado esa orden.

-Pues es muy raro -dijo Smee y todos se agitaron inquietos. Garfio levantó la voz, pero le salió temblorosa.

-Espíritu que esta noche rondas por esta oscura laguna -gritó-, ¿me oyes?

Como es lógico, Peter debería haberse quedado callado, pero naturalmente no lo hizo. Inmediatamente contestó con la voz de Garfio:

-Por mil diablos tuertos, te oigo.

En ese momento culminante Garfio no se amedrentó, ni siquiera un poquito, pero Smee y Starkey se abrazaron aterrorizados.

-¿Quién eres, desconocido? Habla -exigió Garfio.

-Soy James Garfio -replicó la voz-, capitán del Jolly Roger.

-No es cierto, no es cierto -gritó Garfio con voz ronca.

-Por todos los demonios -contestó la voz-, repite eso y te paso por debajo de la quilla.

Garfio probó una actitud más conciliadora.

-Si eres Garfio -dijo casi con humildad-, dime, ¿quién soy yo?

-Un bacalao -replicó la voz-, nada más que un bacalao.

-¡Un bacalao! -repitió Garfio sin comprender y entonces y sólo entonces, su orgullo se desmoronó. Vio cómo sus hombres se apartaban de él.

-¿Nos ha estado dirigiendo un bacalao todo este tiempo? -mascullaron-. Es denigrante para nuestro orgullo.

Sus propios perros se volvían contra él, pero, por muy trágica que se hubiera vuelto su situación, apenas les hizo caso. Ante unas pruebas tan pavorosas no era la confianza de ellos lo que necesitaba, sino la suya propia. Sentía que su ego se le escapaba.

-No me abandones, muchachote -le susurró roncamente. En aquella oscura personalidad había un toque femenino, como en todos los grandes piratas y éste a veces le daba intuiciones. De pronto optó por jugar alas adivinanzas.

-Garfio -llamó-, ¿tienes otra voz?

Peter jamás podía resistirse a un juego y contestó alegremente con su propia voz:

-Sí.

-¿Y otro nombre?

-Sí.

-¿Vegetal? -preguntó Garfio.

-No.

-¿Mineral?

-No.

-¿Animal?

-Sí.

-¿Hombre?

-¡No! -la respuesta resonó cargada de desprecio.

-¿Niño?

-Sí.

-¿Niño corriente?

-¡No!

-¿Niño maravilloso?

Para disgusto de Wendy la respuesta que se oyó esta vez fue:

-Sí.

-¿Estás en Inglaterra?

-No.

-¿Estás aquí?

-Sí.

Garfio estaba totalmente desconcertado.

-Preguntadle algo vosotros -les dijo a los otros, enjugándose la frente sudorosa.

Smee reflexionó.

-No se me ocurre nada -dijo apesadumbrado.

-No lo saben, no lo saben -canturreó Peter-. ¿Os rendís? Por supuesto, por vanidad estaba llevando el juego demasiado lejos y los bellacos vieron su oportunidad.

-Sí, sí -contestaron impacientes.

-Pues muy bien -gritó él-, soy Peter Pan.

¡Pan!

Al momento Garfio volvió a ser el de siempre y Smee y Starkey sus fieles secuaces.

-Ya lo tenemos -gritó Garfio-. Al agua, Smee. Starkey, vigila el bote. Cogedlo vivo o muerto.

Daba saltos mientras hablaba y al mismo tiempo se oyó la alegre voz de Peten

-¿Estáis listos, chicos?

-Sí -contestaron desde diversos puntos de la laguna.

-Pues dadles una paliza a los piratas.

La lucha fue breve y cruenta. El primero en cobrarse una víctima fue John, que subió valientemente al bote y agarró a Starkey. Hubo una dura pelea, en la que al pirata le fue arrebatado el sable. Se tiró por la borda y John saltó tras él. El bote se alejó a la deriva.

Aquí y allá surgía una cabeza en el agua y se veía un destello metálico, seguido de un grito o un alarido. En la confusión algunos atacaban a los de su propio bando. El sacacorchos de Smee hirió a Lelo en la cuarta costilla, pero él fue herido a su vez por Rizos. A mayor distancia de la roca Starkey hacía sudar a Presuntuoso y a los gemelos.

¿Dónde estaba Peter a todo esto? Estaba persiguiendo una presa más grande.

Todos los demás eran chicos valientes y no se les debe echar en cara que se apartaran del capitán pirata. Su garra de hierro trazaba un círculo de muerte en el agua, del que huían como peces asustados.

Pero había uno que no lo temía: uno dispuesto a penetrar en ese círculo.

Por raro que parezca, no fue en el agua donde se encontraron. Garfio se subió a la roca para respirar y en ese mismo momento Peter la escaló por el lado opuesto. La roca estaba resbaladiza como un balón y más bien tenían que arrastrarse en lugar de trepar. Ninguno de los dos sabía que el otro se estaba acercando. Al tantear cada uno buscando un asidero tropezaron con el brazo del contrario: sorprendidos, alzaron la cabeza; sus caras casi se tocaban; así se encontraron.

Algunos de los héroes más grandes han confesado que justo antes de entrar en combate les entró un momentáneo temor. Si en ese momento eso le hubiera ocurrido a Peter yo lo admitiría. Al fin y al cabo, éste era el único hombre al que el Cocinero había temido. Pero a Peter no le dio ningún miedo, sólo sintió una cosa, alegría, y rechinó los bonitos dientes con entusiasmo. Rápido como un rayo le quitó a Garfio un cuchillo del cinturón y estaba a punto de clavárselo, cuando se dio cuenta de que estaba situado en la roca más arriba que su enemigo. No habría sido una lucha justa. Le alargó la mano al pirata para ayudarlo a subir.

Entonces Garfio lo mordió.

No fue el dolor, sino lo injusto del asunto, lo que atontó a Peter. Lo dejó impotente. Sólo podía mirar, horrorizado. Todos los niños reaccionan así la primera vez que los tratan con injusticia. A lo único que piensan que tienen derecho cuando se le acercan a uno de buena fe es a un trato justo. Después de que uno haya sido injusto con ellos seguirán queriéndolo, pero nunca volverán a ser los mismos. Nadie supera la primera injusticia: nadie excepto Peter. Se topaba a menudo con ella, pero siempre se le olvidaba. Supongo que ésa era la auténtica diferencia entre todos los demás y él.

De forma que cuando ahora se encontró con ello fue como la primera vez y lo único que pudo hacer fue quedarse boquiabierto, impotente. La mano de hierro lo golpeó dos veces.

Pocos minutos después los demás chicos vieron a Garfio en el agua nadando frenéticamente hacia el barco; su cara pestilente ya no estaba llena de regocijo, sólo blanca de miedo, pues el cocodrilo le venía pisando los talones. En una ocasión normal los chicos habrían nadado al lado soltando gritos de entusiasmo, pero ahora se sentían inquietos, porque habían perdido tanto a Peter como a Wendy y estaban recorriendo la laguna buscándolos, gritando sus nombres. Encontraron el bote y regresaron a casa en él, gritando «Peter, Wendy» por el camino, pero no se oía ninguna respuesta salvo la risa burlona de las sirenas.

-Deben de estar volviendo a nado o por el aire -decidieron los chicos. No estaban muy preocupados, por la fe que tenían en Peten Se echaron a reír, como niños que eran, al pensar que se irían tarde a la cama ¡y todo por culpa de mamá Wendy!

Cuando sus voces se apagaron cayó un frío silencio sobre la laguna y entonces se oyó un débil grito.

-¡Socorro, socorro!

Dos figuritas golpeaban contra la roca; la chica había perdido el conocimiento y yacía en los brazos del chico. Con un último esfuerzo Peter la subió a la roca y luego se echó junto a ella. En el momento en que también él se desmayaba vio que el agua estaba subiendo. Supo que pronto estarían ahogados, pero no podía hacer más.

Mientras yacían el uno junto al otro una sirena agarró a Wendy de los pies y se puso a tirar de ella suavemente hacia el agua. Peter, al sentir que se soltaba de él, volvió en sí de golpe y llegó justo a tiempo de rescatarla. Pero tenía que decirle la verdad.

-Estamos en la roca, Wendy -dijo-, pero se está cubriendo. El agua no tardará en cubrirla del todo.

Ni siquiera entonces lo entendió ella.

-Tenemos que irnos -dijo casi con animación.

-Sí -respondió él débilmente.

-¿Nadamos o volamos, Peter?

No le quedó más remedio que decírselo.

-Wendy, ¿crees que podrías nadar o volar hasta la isla sin mi ayuda?

Ella tuvo que admitir que estaba demasiado cansada. Él soltó un gemido.

-¿Qué te ocurre? -preguntó ella, preocupada por él al instante.

-No te puedo ayudar, Wendy. Garfio me ha herido. No puedo ni volar ni nadar.

-¿Quieres decir que nos vamos a ahogar los dos?

-Mira cómo sube el agua.

Se taparon los ojos con las manos para evitar aquella visión. Pensaron que no tardarían en morir. Mientras estaban así sentados una cosa rozó a Peter con la levedad de un beso y se quedó allí, como preguntando tímidamente: «¿Puedo servir para algo?»

Era la cola de una cometa, que Michael había construido unos días antes. Se le había escapado de las manos y se había alejado volando.

-La cometa de Michael -dijo Peter con indiferencia, pero un momento después la tenía agarrada por la cola y tiraba de la cometa hacia él-. Levantó a Michael del suelo -exclamó-, ¿por qué no podría llevarte a ti?

-¡A los dos!

-No puede levantar a dos personas, Michael y Rizos lo intentaron.

-Echémoslo a suertes -dijo Wendy con valentía.

-¿Una dama como tú? Ni hablar.

Ya le había atado la cola alrededor. Ella se aferró a él: se negaba a partir sin él, pero con un «adiós, Wendy», la apartó de un empujón de la roca y a los pocos minutos desapareció de su vista por los aires. Peter se quedó solo en la laguna.

La roca era muy pequeña ya, pronto quedaría sumergida. Unos pálidos rayos de luz se deslizaron por las aguas y luego se oyó un sonido que al mismo tiempo era el más musical y el más triste del mundo: las sirenas cantando a la luna.

Peter no era como los demás chicos, pero por fin sentía miedo. Le recorrió un estremecimiento, como un temblor que pasara por el mar, pero en el mar un temblor sucede a otro hasta que hay cientos de ellos y Peter sintió solamente ése. Al momento siguiente estaba de nuevo erguido sobre la roca, con esa sonrisa en la cara y un redoble de tambores en su interior. Éste le decía: «morir será una aventura impresionante.»

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lunes, 4 de abril de 2011

Peter Pan (VII)

con la colaboración de www.atma-psicologia.com
J.M. Barrie.


7. La casa subterránea



Una de las primeras cosas que hizo Peter al día siguiente fue tomar medidas a Wendy, John y Michael para unos árboles huecos. Recordaréis que Garfio se había burlado de los chicos por creer que necesitaban un árbol por persona, pero lo hizo por ignorancia, ya que a menos que el árbol se adecuase a las medidas de uno costaba subir y bajar y no había dos chicos que fueran exactamente del mismo tamaño. Una vez que se encajaba, uno tomaba aliento en la superficie y bajaba justo a la velocidad apropiada, mientras que para ascender se tomaba aliento y se soltaba alternativamente y de esta forma se subía serpenteando. Naturalmente, cuando uno domina el asunto se pueden hacer estas cosas sin pensarlas y entonces nada resulta más elegante.

Pero sencillamente hay que encajar y Peter le toma a uno medidas para el árbol con tanto cuidado como para un traje: la única diferencia es que las ropas se hacen para que le encajen a uno, mientras que uno tiene que estar hecho para encajar en el árbol. Por lo general es muy fácil hacerlo, por ejemplo poniéndose muchas ropas o muy pocas, pero si uno abulta en lugares poco apropiados o si el único árbol disponible tiene una forma extraña, Peter le hace a uno una serie de cosas y tras eso uno encaja. Una vez que se encaja, hay que tener mucho cuidado para seguir encajando y esto, según iba a descubrir Wendy encantada, mantiene a toda una familia en perfectas condiciones.

Wendy y Michael encajaron en sus árboles al primer intento, pero a John hubo que alterarlo un poco.

Tras unos cuantos días de práctica podían subir y bajar con la facilidad de unos cubos en un pozo. Y cómo se encariñaron con su casa subterránea, especialmente Wendy. Consistía en una estancia grande, como deberían tener todas las casas, con un suelo en el que se podía cavar si se quería pescar y en este suelo crecían gruesas setas de bonitos colores, que se empleaban como taburetes. Un árbol de Nunca jamás se esforzaba por crecer en el centro de la habitación, pero todas las mañanas serraban el tronco, a ras del suelo. Hacia la hora del té siempre tenía unos dos pies de alto y entonces colocaban una puerta sobre él, con lo cual aquello se convertía en una mesa; tan pronto como lo recogían todo, volvían a serrar el tronco y así tenían más espacio para jugar. Había un hogar enorme que se encontraba casi en cualquier lugar de la habitación donde se quisiera encenderlo y encima Wendy tendía unas cuerdas, hechas de fibra, donde colgaba la colada. De día la cama se dejaba apoyada contra la paredy se bajaba a las 6.30, momento en el que ocupaba casi media habitación y todos los chicos menos Michael dormían en ella, como sardinas en lata. Había una norma estricta que prohibía darse la vuelta hasta que uno no diera la señal y entonces todos se daban la vuelta al mismo tiempo. Michael también tendría que haberla usado, pero Wendy quería tener un bebé y él era el más pequeño y ya sabéis cómo son las mujeres y, en resumidas cuentas, el caso es que dormía colgado en una cesta.

Era un lugar tosco y sencillo, no muy distinto de lo que unos oseznos habrían hecho con una casa subterránea en las mismas circunstancias. Pero había un hueco en la pared, no más grande que una jaula de pájaro, que era el apartamento privado de Campanilla. Se podía aislar del resto de la casa mediante una cortinita, que Campanilla, que era muy quisquillosa, siempre tenía echada al vestirse o desvestirse. Ninguna mujer, por grande que fuera, podía haber tenido una combinación de tocador y dormitorio más primorosa. El canapé, como lo llamaba ella siempre, era un auténtico Reina Mab 1, de patas gruesas y cambiaba las colchas según las flores de temporada de los árboles frutales. Su espejo era un Gato con Botas, de los que, que sepan los tratantes del mundo de las hadas, sólo quedan tres, sin desperfectos; el lavabo era un Molde Pastelero reversible, la cómoda un auténtico Encantador VI y la alfombra y las esteras de la mejor época (la primera) de Margery y Robin. Había una araña de Tiddlywinks 2 por cuestión de efecto, pero naturalmente, ella misma iluminaba la residencia. Campanilla menospreciaba mucho el resto de la casa, como realmente quizás fuera inevitable y su aposento, aunque bonito, tenía un aire bastante engreído, de permanente desprecio.

Supongo que todo aquello le resultaba especialmente cautivador a Wendy, porque esos alocados chicos suyos le daban muchísimo que hacer. Realmente había semanas enteras en las que, salvo quizás con un calcetín al atardecer, nunca subía a la superficie. Os aseguro que la cocina la mantenía atada a las cazuelas. Su comida principal era fruto del pan asado, batatas, cocos, cochinillo asado, frutos de mamey, rollos de tapa y plátanos, todo ello remojado con zumo de papaya, pero nunca se sabía exactamente si habría una comida real o simplemente una fantasía, dependía de lo que a Peter le apeteciera. Él podía comer de verdad, si eso era parte de un juego, pero no podía atiborrarse sólo por el placer de sentirse atiborrado, que es lo que más le gusta a la mayoría de los niños; detrás de eso lo que más les gusta es hablar de ello. La ficción le resultaba tan real que durante una comida de ese tipo se podía ver cómo se iba llenando. Naturalmente esto resultaba molesto, pero sencillamente había que hacer lo mismo que él y si uno le podía demostrar que se estaba quedando demasiado delgado para su árbol él permitía que se atiborrara.

El momento preferido de Wendy para coser y zurcir era cuando ya estaban todos en la cama. Entonces, según sus propias palabras, tenía un rato para respirar y lo empleaba en hacerles cosas nuevas y poner rodilleras, pues destrozaban muchísimo las rodillas.

Cuando se sentaba ante un cesto de calcetines, todos con un agujero en el talón, levantaba los brazos y exclamaba: -Dios mío, estoy convencida de que a veces las solteras son de envidiar.

La cara le resplandecía al exclamar esto.

Recordaréis a su lobo mascota. Pues bien, éste no tardó en descubrir que había llegado a la isla y la encontró y ambos se lanzaron el uno en brazos del otro. Tras esto él la seguía por todas partes.

A medida que pasaba el tiempo, ¿se acordaba mucho ella de los amados padres a los que había abandonado? Ésta es una pregunta dificil, porque es imposible saber cómo pasa el tiempo en el País de Nunca jamás, donde se calcula por lunas y soles y siempre hay muchos más que en el mundo real. Pero me temo que Wendy no estaba realmente preocupada por su padre y su madre: estaba absolutamente convencida de que siempre tendrían la ventana abierta para que ella regresara volando y estola tranquilizaba por completo. Lo que a veces la inquietaba era que John se acordaba de sus padres difusamente, como unas personas a las que hubiera conocido en otra época, mientras que Michael estaba bien dispuesto a creer que ella era su madre de verdad. Estas cosas la asustaban un poco y con el noble deseo de cumplir con su deber, intentaba grabarles su antigua vida en la cabeza poniéndoles exámenes sobre ello, que se parecían lo más posible a los que ella hacía en la escuela. A los demás chicos esto les parecía interesantísimo y se empeñaron en participar; se hicieron pizarrines y se sentaban alrededor de la mesa, escribiendo y pensando con ahínco en las preguntas que ella había escrito en otro pizarrín y les había ido pasando. Eran preguntas de lo más normal: «¿De qué color eran los ojos de mamá? ¿Quién era más alto, papá o mamá? ¿Mamá era rubia o morena? Contestar las tres preguntas si es posible.» «(A) Escribir una redacción de no menos de 40 palabras sobre cómo pasé mis últimas vacaciones, o comparación del carácter de papá y mamá. Hacer sólo una de las dos.» O «(1) Describir la risa de mamá; (2) Describir la risa de papá; (3) Describir el vestido de fiesta de mamá; (4) Describir la perrera y a su ocupante.»

Eran simplemente preguntas corrientes como éstas y cuando uno no sabía contestarlas había que hacer una cruz y realmente era horrible la cantidad de cruces que hacía incluso John. Por supuesto, el único chico que contestaba todas las preguntas era Presuntuoso y nadie tenía mayores esperanzas de sacar la mejor nota, pero sus respuestas eran absolutamente ridículas y en realidad sacaba la peor: algo muy triste.

Peter no concursaba. Por un lado despreciaba a todas las madres excepto a Wendy y por otro era el único chico de la isla que no sabía ni leer ni escribir, ni la más mínima palabra. Él estaba por encima de ese tipo de cosas.

Por cierto, las preguntas estaban todas escritas en pasado. De qué color eran los ojos de mamá, etcétera. Es que a Wendy también se le había ido olvidando.

Las aventuras, claro está, como veremos, ocurrían todos los días, pero hacia esta época Peter se inventó, con ayuda de Wendy, un juego nuevo que lo tenía fascinadísimo, hasta que de pronto dejó de interesarse por él, cosa que, como ya se os ha dicho, era lo que siempre ocurría con sus juegos. Se trataba de fingir que no corrían aventuras, de hacer lo que John y Michael habían estado haciendo toda su vida: quedarse sentados en taburetes lanzando pelotas al aire, empujarse, salir a dar paseos y volver sin haber matado ni un oso gris. Ver a Peter sin hacer nada en un taburete era todo un espectáculo: no podía evitar tener aire de solemnidad en tales ocasiones, estar sentado sin moverse le parecía una cosa muy cómica. Se jactaba de haber ido a dar un paseo por el bien de su salud. Durante varios soles éstas fueron para él las aventuras más originales de todas y John y Michael tenían que fingir estar también encantados: si no, los habría tratado con mano dura.

Salía solo con frecuencia y cuando regresaba nunca se tenía la absoluta certeza de si había corrido una aventura o no. Podía haberla olvidado tan por completo que no decía nada sobre ella y luego cuando uno salía encontraba el cadáver y, por otra parte, podía decir muchas cosas sobre ella y, sin embargo, uno no encontraba el cadáver. A veces volvía a casa con la cabeza vendada y entonces Wendy le daba mimos y se la lavaba con agua tibia, mientras él contaba una historia deslumbrante. Pero la verdad es que ella nunca estaba convencida del todo. Sin embargo, había muchas aventuras que sabía que eran ciertas porque ella misma participaba en ellas y había aún más que eran verídicas por lo menos en parte, pues los demás chicos participaban en ellas y decían que eran totalmente ciertas. Para describir todas ellas haría falta un libro tan grande como un diccionario de inglés-latín, latín-inglés y lo más que podemos hacer es presentar una como ejemplo de un momento cualquiera en la isla. Lo difícil es cuál elegir. ¿Tomamos el enfrentamiento con los pieles rojas en el Barranco de Presuntuoso? Fue un asunto sanguinario y especialmente interesante por mostrar una de las peculiaridades de Peter, que era que en medio de la refriega de repente cambiaba de bando. En el Barranco, cuando la victoria todavía no estaba decidida, inclinándose a veces hacia un lado y a veces hacia el otro, gritó:

-Hoy soy indio. ¿Tú qué eres, Lelo?

Y Lelo contestó:

-Indio. ¿Tú qué eres, Avispado?

Y Avispado dijo:

-Indio. ¿Tú qué eres, Gemelo?

Y así sucesivamente, hasta que al final todos eran indios y, por supuesto, esto habría acabado con la pelea si no fuera porque los auténticos indios, fascinados por los métodos de Peter, aceptaron ser niños perdidos por esa vez y por ello todos se lanzaron al ataque de nuevo, con más fiereza que nunca.

El resultado extraordinario de esta aventura fue que... pero aún no hemos decidido si ésta es la aventura que vamos a contar. Quizás una mejor sería el ataque nocturno que los pieles rojas lanzaron sobre la casa subterránea, cuando varios de ellos se quedaron atascados en los árboles huecos y hubo que sacarlos como si fueran corchos. O podríamos contar cómo Peter le salvó la vida a Tigridia en la Laguna de las Sirenas y de esta forma la convirtió en su aliada.

O podríamos hablar de ese pastel que hicieron los piratas para que se lo comieran los chicos y perecieran y de cómo lo fueron colocando de lugar apropiado en lugar apropiado, pero Wendy siempre lo apartaba de las manos de los niños, de modo que acabó por perder su suculencia, se puso duro como un pedrusco, fue empleado como proyectil y Garfio tropezó con él en la oscuridad.

O pongamos que hablamos de los pájaros que eran amigos de Peter, especialmente del ave de Nunca Jamás que hizo su nido en un árbol que colgaba por encima de la laguna y de cómo el nido cayó al agua y el ave siguió sentada sobre los huevos y Peter dio órdenes para que no fuera molestada. Ésa es una historia bonita y el final muestra lo agradecido que puede ser un pájaro, pero si lo contamos también tenemos que contar toda la aventura de la laguna, cosa que realmente sería contar dos aventuras en vez de una. Una aventura más corta e igual de emocionante fue el intento de Campanilla, con ayuda de unas hadas callejeras, de trasladar a la durmiente Wendy al mundo real en una gran hoja flotante. Por suerte la hoja se venció y Wendy se despertó, creyendo que era la hora del baño y regresó a nado. O también podríamos escoger el desafío de Peter a los leones, cuando trazó un círculo alrededor de sí mismo en el suelo con una flecha y los desafió a que lo cruzaran y aunque esperó durante horas, mientras los demás chicos y Wendy observaban sin aliento desde los árboles, ninguno de ellos se atrevió a aceptar el reto.

¿Cuál de estas aventuras elegiremos? Lo mejor será echarlo a cara o cruz.

He lanzado la moneda y ha ganado la laguna. Esto casi le hace a uno desear que hubiera ganado el barranco o el pastel o la hoja de Campanilla. Claro que podría volver a hacerlo tres veces más y elegir la aventura que se repitiera; no obstante, quizás lo más justo sea quedarse con la laguna.


1. La reina Mab es la reina de las hadas en el folklore tradicional inglés. Los nombres que vienen a continuación también pertenecen a esa tradición.

2. Tiddlywinks: ‘juego de la pulga’; aquí empleado como lugar de origen o marca de fábrica.